La Huída


Ilse Barthold

 

En Memoria

De Tante Toli (1912-2004)



Narración basada en los hechos reales de la vida de  mi tía Toli  durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania. Abarca los años de 1945-1947. Algunos nombres de personas y lugares están cambiados. Su cuñada, aquí Margrit, hermana de Rudolf (Rudy) aus den Ruthen, sí la apoyó pero no la acompañó físicamente como se describe. La estancia en Hamburgo no existió. 

Octubre 7, 2020

Ilsebb165@gmail.com 

LA HUÍDA

 

EL ÚLTMO TREN

 

Toli, sobresaltada,  abrió los ojos con esa conocida pesadez y angustia en el corazón.  Poco a poco sus pensamientos despertaron a la realidad de su pena y dolor. A su bebé querido se le iba la vida, agonizaba,  una herida abierta en el corazón.

 

Se levantó con lentitud y se dirigió hacia la ventana descorriendo la gruesa cortina. Se filtró una luz gris y sombría. El invierno berlinés carecía de la brillantez de la luz solar. Contempló aquel paisaje color ceniza, desolado. Volvió su mente hacia su bebé agonizante.  Se hincó al pie de la cama e inclinándose lloró con gran desconsuelo.  En medio de ese llanto, dirigió su oración al cielo pidiendo ayuda. Que el Todopoderoso decidiera su destino.  Le quedaba ese día para abandonar Berlín, salvarse y a sus tres hijos de la barbarie y destrucción que se avecinaba por la invasión de los rusos.  Imposible dejar a su bebé sólo y en agonía en el Hospital de la Charité.

 

            Entre sollozos, empezó a vestirse, le pesaban los brazos.  Acabó de abrigarse antes de salir a la calle cubriéndose al final con el abrigo de lana,  se ajustó los guantes dedo por dedo y pensativa abrió la puerta dejando entrar un helado viento. Bajó algunos escalones y montó la bicicleta recargada en la pared lateral de la casa. Atravesó aquella ciudad ahora desconocida para ella, destruida y derrotada,  otrora centro de vida y dinamismo, capital del fallido Estado alemán.

 

Deambulaban entre las ruinas, aquí y allá solitarios hombres y mujeres como sombras grises reflejadas en la negrura de las ruinas.  Una que otra fogata iluminaba cualquier rincón ofreciendo un poco de calor y cobijo para algún desprotegido sin techo.

 

 

Llegó a la Charité, estacionó la bicicleta y con paso inseguro se encaminó hacia la entrada principal del hospital.   Mientras esperaba tomó asiento, sentía congoja y frío.  No sabía que le aguardaba. Al poco tiempo oyó los pasos de la Hermana Hildegard que al aproximarse, con un gentil gesto le ayudó a levantarse y tomándola con suavidad del brazo la acompañó hacia aquel tan conocido pasillo.

 

La tenue luz del cuarto adivinaba una cuna de hospital en donde yacía un niño y a una monja en blanquísimo hábito sentada al pie de la cunita rezando un Rosario del cual pendía una pequeña cruz de plata; se incorporó al entrar las dos mujeres y acercándose a la  Hermana Hildegard en voz muy queda le informó que el doctor estaba por llegar, el niño agravaba.

 

Toli se acercó a la cunita de su hijo, su rostro de extrema palidez descansaba sobre la almohada. Acarició su frente levemente y sintió la lenta respiración del niño que tal parecía un suspiro. Sin poderse contener, las lágrimas le rodaban por las mejillas. Le embargaba la impotencia, ¿Por qué tenía que sufrir su pequeño? ¡Un inocente!

 

Acariciando la mente de su bebé, su mente divagaba, no conseguía hilar sus pensamientos. La vida de su hijito se acortaba por momentos, el desenlace era inminente. Sentía el peso de su corazón, le oprimía el pecho tal parecía que tanta tristeza y desconsuelo no tenía más cabida en ella. El momento crucial  se aproximaba, sólo se oía la respiración cada vez más leve del niño.  Con un impulso desesperado abrazó a su hijo, queriendo detenerlo en sus brazos.  Lentamente su vida llegó a su fin. Para Toli se detuvo el tiempo, su Hayo hermoso, risueño, ya no estaba, se había ido para siempre.  Un insoportable dolor la embargaba, sin fuerzas se desmoronó en una silla.

 

            Después de unos momentos,  las dos Hermanas la levantaron con suavidad.  Toli con los ojos muy abiertos se levantó abrazándolas  desconsoladamente. No le  quedaba tiempo para las honras fúnebres de su hijito.  Salir de Berlín se convertía en una situación de vida y muerte.   

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En otra parte de la ciudad,  su cuñada Margrit la aguardaba.  Estaba a cargo de sus tres hijos, Heiko, Anny, y  Arnito;  el peligro de la invasión rusa cada vez era más próximo. El servicio público de transporte, los trenes, se suspenderían en unas horas. Como si adivinara el pensamiento de su cuñada, Toli  llegó jadeante a la estación. Urgía tomar el tren, abandonar la ciudad, huir con prontitud.

La Terminal ferroviaria  era un verdadero caos. Salía el último tren de Berlín y decenas de personas lo abordaban. Ella, Margrit y los niños subieron con gran premura al vagón más próximo. No llevaban pertenencia alguna, todo había quedado atrás hecho cenizas como gran parte de la ciudad.

Las dos mujeres se desplomaron sobre el reducido asiento.  Con ojos azorados observaban por la ventanilla el mar de gente, incapaces de reaccionar ante el caos exterior, sólo  abrazaban a  sus niños con más fuerza.  El tren arrancaría en unos minutos…..

 

 

 

DE BERLÍN-HAMBURGO

 

Veloz seguía el tren su marcha, curveando valles, atravesando túneles, pasando por pueblos

fantasmas, campos yelmos arruinados y abandonados. De noche hicieron su entrada lentamente a la Terminal Ferroviaria de Hamburgo.  Se oyó el chirriar  de los frenos de aquella mole de acero y que al fin se detenía completamente.  Poco a poco descendían los pasajeros de sus respectivos vagones. Con miradas furtivas y temerosas, trataba la pequeña familia de internarse en aquel mar de gente, en medio de gritos, timbres y sonidos de máquinas y seres humanos, de abrirse paso en aquel caos.

El cansancio y la ansiedad agobiaban a Toli, había que enfrentarse aquella masa de gente cruzando las vías a diestra y siniestra, tomando rumbos erráticos.

Apoyándose unos a otros, el grupo se dirigió hacia la salida de la avenida principal de la ciudad. Todavía había que caminar un buen trecho para llegar a casa de Margrit.

La noche se cernía sobre ellos, la escasa luz reflejaba las sombras de sus siluetas en aquellas calles desoladas y grises; para llegar a ese refugio tan ansiado, había que acelerar el paso a pesar del cansancio.  A poco, vieron la pequeña casa, tenuemente iluminada por la luz de una ventana. Margrit se adelantó apresurada para abrir la puerta. 

Así muy juntos se dirigieron a la estancia, cuyas velas  con un halo de luz despejaban la penumbra. Margrit, sirvió un licor dulce en las pequeñas copas.  Sólo el tintineo cristalino acompañaba el brindis de la familia reunida. Al fin llegó la noche que amorosamente cobijó a todos ellos. Mañana sería otro día.

Toli se despertó temprano.  Había dormido poco y con sobresaltos.  Lo primero que hizo al levantarse, fue recorrer la pesada cortina de  la ventana y  contemplar un amanecer gris y de espesa niebla.

---Vaya, ¡Qué día!

Pensativa, se echó una bata encima y bajó las escaleras hacia la cocina. Se prepararía un té caliente, más tarde tendría que hablar con su cuñada. Empezó a calentar agua en la parrilla y  oyó los pasos de Margrit que se acercaba.

Al sentarse al lado de Toli la abrazó y murmuró:

----Siento mucho que hayas  pasado tan mala noche.

----Si la verdad, no te lo puedo ocultar.  El tiempo se nos acaba.

----La única solución que queda, es irte al campo, a la Hindenburger Wiese, (El Valle de Hindenburger),  y buscar refugio entre los campesinos.  Ahí por lo menos tendrán  que comer tú y los niños.

----Bien sabes que la gente del campo no nos quiere y menos compartir con nosotros su pan.

----Mi Toli querida,  no hay otra salida, yo, tú y los niños nos tenemos que separar. Sabes que tengo que abandonar Hamburgo y reunirme con mis padres ya viejos y solos.

A las dos les embargaba la incertidumbre y el desconsuelo.

¿Adónde las conduciría el destino?

Los días se hacían cada vez más cortos y el tiempo apremiaba.

            Tanto Toli como su cuñada se ocuparon de los preparativos, era inminente su partida y separación. ¿Volverían a verse?------ Cada una se guardaba la pena que sentía, pronto vendría la separación definitiva. El reloj marcaba las horas del destino de cada una.

Saldrían al amanecer y Margrit los acompañaría a la estación.

Y así, muy de mañana, con sus escasas pertenencias y todavía con menos ánimos, pálidos y desvelados, Toli y sus hijos salían una vez más a la estación ferroviaria.

Margrit de regreso a casa no podía quitar de su mente la imagen de su querida cuñada, de sus sobrinos, subiendo al vagón, tristes, desamparados.

 

 

DE HAMBURGO Y LLEGADA AL VALLE HINDENBURGR

 

Veloz el tren atravesaba túneles,  valles desiertos, curveando pequeñas colinas. Medio en sueños, Heiko pensaba en su casa en Berlín, sus amigos;  uno de sus pensamientos se detiene en la ausencia de su papá y  vuelve a sentir ese vacío que tanto le pesa.

Oye la voz adormilada de Toli, su madre, que le pregunta:

--------------¿Cómo estás? ¿Comiste algo?

--------------Si, aunque todavía tengo hambre. Heiko sigue el curso de sus pensamientos y con cierta reserva agrega:----------¿Dónde está papá? ¿Por qué no está con nosotros?

Toli pensativa fija su mirada en la ventana y en voz baja, tensa, le dice:

-------------Quizá lo veamos a donde vamos, la Hindenburger Wiese. (el Valle de Hindenburger).  Todo depende si podemos quedarnos.

------------------Pero, ¿Cómo nos va a encontrar?

------------------Nos buscará, la tía Margrit le dirá. Hijo, estamos en guerra tu padre está huyendo igual que nosotros.

Heiko no se quedó muy convencido pero en él renació la esperanza de volver a ver a su papá. Recargó la cabeza en el alfeizar de la ventana y dejó pasar ante él  el paisaje gris y desierto de la mañana.

Toli sacaba fuerzas de su cansancio, quizá el destino le deparaba una mejor suerte y la pesadilla de esta guerra llegaría a su fin.

 La ruidosa entrada del ferrocarril en la última estación del trayecto, la sacó de sus pensamientos. Les ajustó las pequeñas mochilas a los niños y  recogió lo poco que faltaba de sus pertenencias.  Por fin oyeron  el silbatazo anunciando el descenso del vagón.  Bajaron uno a uno con lentitud, los menores con su mamá. 

La estación tenía muy poco movimiento.  No muy lejos se extendía el valle cuadriculado de parcelas y el caserío bañado por el sol de mediodía. En el horizonte se adivinaba la espesura de un bosquecillo.

Toli tomó a sus hijos y todos se encaminaron hacia una banca solitaria. Sacó lo que quedaba de los alimentos en las mochilas y callados observaron el panorama que se extendía frente a ellos. Al terminar, reanimados al sentir el cálido ambiente del mediodía, tomaron un camino de terracería que conducía pendiente abajo hacia el valle. Heiko apretó el paso y aguardó al pie del sendero a su mamá y a sus hermanos que  avanzaban con lentitud esquivando las piedrecillas y desigualdad del terreno.

Una vez en el valle, en realidad Toli no sabía que rumbo tomar. Indecisa, dirigió sus pasos hacia la casa más cercana mientras a Heiko le pidió tomar de la mano a sus hermanos.  Trató de controlar la ansiedad que sentía, desconocía el lugar, a la gente, todos  campesinos que se sabían hostiles a las personas de la ciudad. ¿¡Y ahora, a pedir posada!?

Al aproximarse a la vivienda, observó más de cerca el deterioro de una casa típica del campo, descuidada con algunas esquinas desmoronadas.  Pensó en la guerra, maldita sea.  No se oía el cacareo de gallinas, o el ladrido de un perro. Nada. En la parte posterior vio un granero desvencijado, a un lado unas herramientas de labranza todavía con la tierra seca del último cultivo.

Encontró la  puerta principal y justo del otro lado de la casa observó una pequeña parcela.  Con un gesto le indicó a Heiko se acercara con los niños. Procedió a tocar la puerta dos que tres veces a los que siguió el silencio.  Pensó en volver a tocar, en eso se abrió la puerta con brusquedad. Ante ella se presentó una típica campesina de la región, robusta, de cara ancha y ceño fruncido. Con una mirada abarcó al grupo e impaciente exclamó:

-------------Y usted, ¿qué desea? ¿De dónde viene?

Toli, quizá sacando fuerzas de su desánimo o pensando en sus hijos, contestó con rapidez:

-----------Vengo huyendo de esta guerra, de los rusos que invadieron Berlín. A pedir posada.

Al oír esto la mujer, atónita, moviendo la cabeza de lado a lado, agregó:

-----------¿Cómo se imagina usted que al tocar mi puerta pueda yo recibir a cuatro personas más, alimentarlas, y acomodarlas? 

Quizá la actitud hostil de la campesina impulsó a Toli a seguir insistiendo.

-----------No tengo adonde ir. Mi marido fue periodista del Régimen y también está huyendo. Con los rusos en Berlín es cuestión de vida o muerte.

En eso la mujer oyó que la llamaban y sin cerrar la puerta, fue atender el llamado. Apareció al cabo de unos momentos y exclamó:

---------¡Tengo un marido anciano y enfermo!  ¡Una carga muy pesada y ningún apoyo!

Toli, al oír esto, la interrumpió:

-----------Veo que tiene una parcela-----------¿Qué es lo que planta usted?

-----------Papas, coles,  lo que nos alimenta, más el intercambio que tenemos de otras legumbres con los vecinos. Nuestra selección es muy pobre, apenas sobrevivimos.

Aprovechando la coyontura, Toli le ofreció su ayuda a cultivar la tierra, alivianarle un poco la carga a cambio de alimentar a sus hijos, darles posada.  Aunque fuera por poco tiempo.

Inesperadamente, Arnito de tres años, empezó a sollozar, su llanto iba en aumento inconsolable. Toli lo tomó en sus brazos y se sentó en las escalerillas que daban a la entrada de la casa tratando de tranquilizar al pequeño.

Al oír a la creatura, el semblante agitado de la mujer se fue calmando:

-----------No tengo espacio para cuatro personas más. Me pone usted en un grave aprieto.

Toli haciendo un último esfuerzo, sin levantarse, con el niño en brazos, la interrumpió:

---------¡Está el granero! Haré todo lo necesario para ayudarla en lo que pueda. La guerra tendrá que acabarse, no puede durar mucho más.

---------- ¡Nada sabemos! Sólo nos queda sobrevivir;  con un gesto se dirigió a Heiko y le preguntó su nombre y el de su hermana. -----Yo soy la Sra. Horner, ----------tomó de la mano a Anny y empujó la puerta acabándola de abrir para que entraran. A Toli le hizo un ademán para que los siguiera.  Asiéndose de un poste, Toli se incorporó con el niño.

    Al entrar caminaban sobre un tapete desgastado y liso, que conducía hacia la estancia. Todo el conjunto era austero, típico de una vivienda rural de la región.  La sala consistía en un sillón viejo, desgastado y dos sillas.  De la chimenea empotrada en una pared blanca y sin brillo, solo se veía el agujero obscuro sin leña;  hacia el fondo seguía la cocina, el fogón con una olla encima, del que apenas se vislumbraban unos leños.  Una mesa rústica de un lado, trastos y utensilios en cualquier superficie.  En una esquina, la palangana para el suministro de agua. Olía a humo quizá por los escasos leños  apenas encendidos.

Toli se preguntaba: -----------¿Cómo vamos a caber en un espacio tan reducido?---- No había más, tenían un techo.

La mujer, quizá adivinando sus pensamientos, le dijo:

-----¡Ve usted! Apenas cabemos.  Acto seguido se dirigió hacia la puerta trasera rumbo al cobertizo;  montones de paja seca se acumulaban por todos lados;  la única protección contra la intemperie  eran unas puertas desvencijadas por las que se filtraría  el  aire y la humedad nocturna.                          

 

 

 

EN EL VALLE HINDEBURGER. LLEGADA DE R. AUS DEN RUTHEN

 

El clima pre-otoñal todavía le ofrecía a Toli y familia un cálido preámbulo antes de los fríos invernales.

La Sra. Horner, ahora Renate para Toli, poco a poco la fue instruyendo en el manejo de la cocina, el fogón, el acarreo de la leña y los demás quehaceres de la casa. En cuanto al cultivo, tendrían que esperarse unos ocho días para la cosecha de las papas. Después y para aprovechar los últimos días del verano, replantarían los tubérculos de las papas, y esparcerían las semillas de la col.  Heiko podría ayudar con el riego del sembradío y mantener los surcos limpios de hierbas.

Él y sus hermanos se adaptaban a su nueva vida con rapidez. A los chicos les encantaba brincotear en la paja antes de echarse a dormir. Después vendrían las colchas desgastadas que los cobijarían en la noche.

 Arnito, un niño alegre y juguetón se entretenía en seguir las hileras de hormiguitas que iban y venían por debajo de las piedras y por arriba de las raíces de los árboles; las que iban llevaban una por una, pajitas diminutas, o mini pedazos de hojas, y las que venían de regreso, se detenían, para luego seguir su camino. El pequeño se escondía entre plantas y flores, se reía al ver una mariposa tratando de alcanzarla.

Anny, su hermana, algunas veces lo acompañaba en sus juegos de niño, era tímida y callada. En ocasiones, prefería estar con su mamá, pegada a sus faldas y observar el trajinar de las dos mujeres mayores.  En raras ocasiones se acercaba a la Sra. Horner para preguntarle del señor que estaba en la habitación contigua a la cocina y que nunca salía.

A Heiko poco a poco se le iba quitando su incesante tartamudeo. Realizaba pequeños trabajos alrededor de la vivienda. Extrañaba su bicicleta y fantaseaba subir y bajar por aquellos senderos del valle, a manos libres sin pensar en nada. También se acordaba del palomar de papá, en las palomas mensajeras que él echaba a volar con un diminuto tubito  en una pata, y que después de unos días regresaban, fieles y constantes.  Si tuviera aunque sólo fuera una paloma, podría enviar un mensaje a su papá.

Habían cesado los bombardeos así como el fragor de los aviones amenazantes como pájaros de mal agüero, ahora toda la aldea estaba sumida en el silencio; de vez en cuando, a la luz de día, se le veía a  un campesino de mirada sospechosa arando su parcela.

Con lentitud pasaron los días y meses.  Para Toli, aún con su compañera de labranza, trabajar la tierra, abrir surcos, plantar y nivelar el terreno, era trabajo rudo que la agotaba. La cosecha de papas y coles había terminado, el sustento para la siguiente temporada estaba a buen resguardo en el sótano de la casa.

  Llegó el invierno con sus vientos fríos, inhóspitos dejando árboles desnudos y el campo gris y helado.  La tierra dormida, abrazó semillas y raíces en su seno. Despertaría hasta la primavera.

El frío se acendró en el granero. En lo más profundo de los días invernales, Toli y sus hijos se refugiaban alrededor de la chimenea de la vivienda;  el crispar de leños y ramas secas, las sombras y el calor de las llamas adormecían a los niños y a los mayores; la mañana fría y gris, iniciaba el nuevo día.

Lenta pero segura llegó la primavera, trayendo calidez y renovadas esperanzas.

Más allá de los linderos del bosquecillo se empezó a detectar gran movimiento de tropas, camiones y soldados. Los vecinos del poblado de naturaleza sospechosa, no sabían a qué atribuir tanta conmoción. Dos que tres de ellos se aventuraron a cruzar los límites de la aldea. Desde la colina, observaron que se levantaba una polvareda en el campo contiguo, invadido por soldados desplazándose de un lado a otro, “jeeps” y camiones, otros soldados construyendo barracas. De un asta ondeaba la bandera de la Gran Bretaña.

A todas luces eran las fuerzas de ocupación de los Aliados en territorio alemán. La noticia corrió como reguero de pólvora por todo el poblado. En los campesinos temerosos, causó desconcierto y ansiedad. No sabían que les esperaba.-------- ---¿Tendrían que dejar sus tierras? ¿Adónde irían?

Para Toli fue el anuncio del inminente fin de la guerra. Mezclada con la enorme dicha de esta noticia, sintió la angustia del futuro.--------------¿Qué hacer? ¿Adónde ir? ------La Sra. Horner, Renate, festejó de viva voz la novedad, declarando: --------¡Venga lo que venga, no me muevo de aquí!

 

Mientras, Rudolf (Rudy) aus den Ruthen, el marido de Toli, había abandonado la ciudad de Berlín. Escapó de aquel infernal campo de batalla, aquellas calles atrincheradas por soldados inútilmente defendiendo cada pedazo de su territorio contra la invasión de los rusos;  heridos desangrándose, debatiéndose entre la vida y la muerte;  hombres, mujeres y niños en fuga entre las ruinas y los bombazos de aquella ciudad devastada todo para sobrevivir. La vida de Rudy peligraba al igual que la de Toli y sus hijos al haber sido periodista del Régimen hitleriano.  Urgía entregarse a los ingleses para salvar sus vidas.

El fin se avecinada, la guerra estaba perdida pero Hitler, obcecado, allá en su búnker subterráneo, se rehusaba rotundamente a firmar la Capitulación de Alemania------ antes la muerte------ dijo. (Nota 1).

 (Nota 1).- Hitler se suicidó con su esposa Eva Braun, el 30 de abril, 1945. La Capitulación de Alemania la firmó el General A. Jodl el 7 de Mayo, 1945.

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El destino siempre puntual tocó la puerta de aquella casa en el Valle. Caía la noche.   Toli sólo oyó que Renate la llamaba.  Al aproximarse, con un ademán  le señaló el otro lado de la puerta entreabierta:

--------Dice que es tu marido.

 Al salir, en efecto, delante de Toli apareció su marido, con el rostro cenizo, los ojos ensombrecidos y cubierto con un raído abrigo negro.

Se abrazaron largamente, rompiendo el silencio los sollozos de Toli. Rudy, tratando de consolarla, la  tomó de la cintura y entraron a la vivienda.

Los tres niños, sorprendidos, corrieron hacia su papá. Arnito, se prendió de una pierna, Anny, tímida, le tomó el brazo, y Heiko, el mayor, saliendo de su sorpresa, exclamó:

-------------¡Papá! Estás aquí!-------

Rudy, abrazando a cada uno de sus hijos, con voz entrecortada murmuró:

-----------Sólo vine a verlos, no puedo quedarme por mucho tiempo.      

A la luz de las velas, aquella familia compartía momentos felices y de armonía como en otros tiempos menos aciagos; se fueron apagando velas y voces, y la noche silenciosa cobijó a todos.

En la penumbra de la madrugada, Rudy se incorporó del improvisado lecho y suavemente despertó a su mujer. Ambos salieron con cautela dela casa, sabían que llegaba el adiós definitivo al estrecharse en un último abrazo. Rudy despidiéndose, dirigió sus pasos sendero abajo en dirección al bosquecillo que se vislumbraba en el horizonte: de ahí, hacia el campamento de los ingleses.

 

 

EL ÚLTIMO ADIÓS

 

Con el fin de la guerra, empezó para Toli el largo sueño que se hacía   realidad. El inicio de un camino que se extendía más allá del horizonte. Los niños y Toli salieron de aquella  aldea que los había acogido con nuevos ánimos para el regreso a la vida. Sería una caminata de varios días, todo sistema de transporte estaba suspendido prácticamente inexistente.

Muy de mañana los cuatro atravesaron el Valle, tomaron la vereda cuesta arriba y al llegar a la encrucijada del camino principal fue grande su asombro al ver numerosas personas, hombres ya no jóvenes, mujeres y niños, ocupando todo lo ancho de la carretera.  Los hombres cargaban toda clase de bultos, lo que podían, las mujeres a sus creaturas; seres humanos de rostros hundidos, vestimentas sucias y destrozadas, todos ellos despojados de lo más elemental sus tierras, sus seres queridos.

Avanzaban todos a paso lento por varias horas, pasando el mediodía les empezó a vencer la fatiga y el hambre. Heiko localizó un pastizal a la orilla del camino en donde decidieron descansar y comer algo.  La Sra. Horner les había preparado algunos alimentos para el largo trayecto.-----Este sólo es el primer día-----pensó Toli---¿Dormiremos en pleno campo?------le preocupaban los pequeños. Con nuevos ánimos siguieron su camino, Toli cargando a Arnito y Heiko de la mano de Anny. A las pocas horas y para su sorpresa, oyeron el bamboleo de las ruedas de madera de una vieja carreta conducida por un campesino.  Varias mujeres con niños pequeños se habían montado en la parte trasera del carretón. Toli, sin pensarlo dos veces, se apresuró a darle  señas al hombre para subirse, quién exclamó:

-----Si se puede acomodar, ¡Súbase! Como pudo Toli se acomodó en algún espacio libre con la ayuda de Heiko y puso a  Arnito en sus rodillas.  Heiko en el lugar que encontró libre con Anny a su lado. Si bien el ir sentados era un gran descanso, se sentía el traqueteo de la carreta sobre la dura madera; no era cosa de quejarse, avanzaban con más presteza abriéndose paso entre aquel mar de gente. Pronto llegó el atardecer y al aproximarse la noche encontraron refugio bajo las ruinas de un puente destruido. Pasaron los días, la vieja y destartalada carreta les había acortado el  largo trayecto.

Llegar al improvisado campamento, asentamiento de cientos y cientos de desplazados y refugiados de toda Europa, era llegar en medio de un caos traumático.  El desánimo invadió a Toli; ver todo aquel mar de gente en un extensísimo terreno rodeado de alambrado, en dónde por secciones se habían levantado tiendas de campaña; en otra parte, se habían montado unas largas plataformas, por un lado se enfilaban numerosas personas extendiendo platos de peltre. Un único acceso, permitía el control y registro de entrada de cada persona indispensable para su eventual localización. Desalentada Toli se preguntaba  cuántos días permanecerían ahí.  Nunca se imaginó que serían varios meses de permanencia. Esto era la postguerra, millones de desplazados y refugiados regresaban a sus países en ruinas, a economías devastadas, al hambre, a la nada.

Los días y las noches se hicieron eternos para Toli, no tanto para los niños que pronto encontraron a otros chiquillos con quienes jugar que hablaban incomprensibles idiomas pero que al fin se entendían como niños que eran. Heiko cuidaba de sus hermanos y en ocasiones deambulaba cerca de su sección.  Tenía poca comunicación por la cantidad de lenguas extranjeras que se hablaban y no entendía.  Para Toli lo más apremiante era establecer contacto con la Embajada de México en París, con su familia de México, empresa nada fácil y que llevaría interminables meses.

 

 

………..EXTRACTOS de la Carta de Toli escrita en París, el 27 de Mayo de 1947.

 

………Queridos Todos:

………Estamos en París, me siento como en un sueño, tenemos verdaderas camas, colchones, un baño, no se pueden imaginar ustedes lo que significa para nosotros después de haber dormido los cuatro sobre sacos de paja y sin ver un baño por más de dos años……..

Los pequeños se daban unas verdaderas divertidas saltando sobre las camas.  Les encantaba meterse en la tina, con el agua calientita y enjabonarse de pies a cabeza.  Para Arnito la jabonera era un barquito. Admiran mucho los espejos y se veían en ellos haciendo mil caras.

 

……….Por fin fruta. Hace años que los niños no la veían. Ya he comprado muchas cerezas.

Heiko y sus hermanos reían y saltaban en las calles parisinas. Parar en una frutería y ver las frutas y verduras de alegres colores, las manzanas, las naranjas, los jitomates, les causaba admiración y asombro, -----¿Podrían comerlas?--------Nunca habían visto fruta y Arnito se resistía a probarla, pero las cerezas que compró su mamá, ¡Esas sí que le gustaron!

 

 

…………..EXTRACTOS de la carta de Toli…

 

 

 ………Estoy todavía atontada con todas estas impresiones, no puedo contar todo en orden. Nada más espero recibir sus noticias, desde 1942 no sé nada, absolutamente nada de México, absolutamente nada…escriban, escriban….

………..Me dice el Cónsul que salimos en el buque a Nueva York a principios de junio. ¿Los veré en Nueva York? ¿Cómo están todos? ¿Papá, mamá, Enrique, Ilse, Leonor? Tengo tanta ilusión de verlos, abrazarlos. Anny quiere conocer a su abuela, ¡mamá!  ¿le podrían llevar una muñeca? ……..

………..¡Qué ciudad más linda es París!  Hay todo para comprar. Tengo una pena horrible, no tenemos nada que vestir, lo que tenemos está hecho unas tiras y los precios en las nubes. Nada más a Arnito le tengo que comprar zapatos ya casi no puede caminar con los que trae……..

 

A Anny se le iban los ojos en los aparadores y suspiraba por una muñeca. A su hermano Arne por fin le compraron zapatos.  Ahora ya caminaba y saltaba con gusto, los zapatos viejos le quedaban grandes. Luego quería acariciar a los perros callejeros que le causaba gran admiración pero que su mamá no dejaba que tocara.  Heiko por su parte se dedicaba a ver los aparadores con bicicletas. Eso era su gran gusto.  A los tres les encantaban las golosinas, dulces, pastelitos, chocolates. ¡Qué ricos eran!   

 

………He visto tanta tristeza y miseria que todavía no me puedo alegrar que estoy sana y salva, rumbo a México, a ustedes. ¡Hay tanto que contar!....

……….Miles de besos de todos nosotros, ¡Escriban! ¡Escriban!  Toli


Ilse Barthold, 2021.

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