Tana

Ilse Barthold

La tía Cora sale del cuarto con paso lento hacia el pasillo. En voz baja habla con sus dos hermanas:
-Necesitamos ayudar a esos niños, no pueden seguir solos. No sabemos cuánto tiempo estará internada nuestra querida Tana.
-Mira hermana, está difícil, no podemos mantener más bocas, ya ves cómo está todo.  Además, ¡A quién se le ocurre largarse a los Estados Unidos y dejar a los chiquillos encargados!
-Bien sabes que lo hizo por sus hijos, se desapareció el marido y no le quedó de otra.
-Vaya, como si no tuviéramos suficiente que batallar nosotras.
Sin más, la tía se regresa a la habitación y se acerca a la sobrina enferma acariciándole la frente con suavidad.  Siente muy leve su respiración, apenas se percibe, su cuerpo enconchado suelta un temblorcillo de vez en cuando.
 *
Tana había entrado en la cocina muy de mañana.  Siente el frío de las losetas bajo sus pies.  Abre el anaquel para sacar el traste que necesita y con desgano prende la parrilla de la estufa, vacía el aceite en el sartén y se pone a picar la verdura para hacer los huevos revueltos.       
Sus pensamientos deambulan: estoy harta de este trabajo, de pie de sol a sol, sin parar, la patrona siempre jetona, me habla poco, no me dice cómo quiere el quehacer; ¡Con un carajo! tengo que ir adivinando cómo hacer las cosas.  Luego el viejo asqueroso con sus visitas forzadas de madrugada. ¡Maldita la agencia que me mandó aquí! ¡Par de cabrones! Ni siquiera me han pagado.  Mejor sería largarme y…
 Espantada, oye el chisporroteo del aceite hirviendo, y en un arrebato intenta quitar el sartén humeante de la lumbre, cuando de pronto el ardiente líquido se derrama encima del brazo, el muslo, la pierna; un grito agudísimo y el golpe seco de su cabeza en el piso helado y duro, rasgan el silencio de la mañana.  
 *
Cora, cansada, recostada en el sillón, oye que sus hermanas entran y murmuran sus adioses; al caer la tarde entreabre los ojos y contempla a Tana, indefensa, ausente, sigue en la misma postura, su respiración no ha cambiado; se levanta, se inclina hacia su sobrina, le roza la frente con los labios; las lágrimas le empañan los ojos y siente ese gran peso en el corazón.   
         Un dolor agudo penetrante le recorre la mitad del cuerpo. Hace un leve movimiento y es suplicio. Siguen más punzadas lacerantes, más tormento, llora sin consuelo, sin parar. 
Escucha la voz apremiante de su tía Cora.
-Enfermera, enfermera, otra dosis de morfina, ya no aguanta el dolor.
Con dulzura, murmura:
-Querida mía, querida Tana, ya pasará, ya pasará.
Enseguida, otro pinchazo, la negrura, la nada.


Ilse Barthold  

Noviembre 2019

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El buque de los muertos

La Huída