Imelda Pliego
Ha llegado un buque casi transparente, semivisible, tan pequeño como una espora y tan grande como una estrella a 800 años luz; esta nave plateada, brillante, luminosa, escandalosa, disfrazada de encierro se llama la La nave del final.
El buque fantasma que Wagner musicalizó.
Parece que el universo ha decidido venir por todos aquellos que ya no tienen mucho sentido en su vida, que el amanecer les ilumina descubriendo un nuevo dolor, que ya están esperado este barco desde hace mucho y su conversación se limita sólo a relatos médicos.
Esa nave escandalosa, se disfraza sabiamente de una enfermedad extraña que viene del fin del mundo. Del país que Marco Polo, veneciano, había oído tantos rumores y deseaba conocer. Él, que unió a Italia con China, la que ahora tiene que construir hospitales en ocho días, grande carpas en los estacionamientos con camas y respiradores.
Los primeros amenazados , los ancianos, especialmente los solitarios sin que nadie los cuide, sin ocupación, los que se debaten por la sobrevivencia diaria, por darle sentido a cada minuto.
-Porque se muere ahogado, se endurecen los pulmones como piedras, no se expanden más, la cabeza duele intensamente por la falta de oxigeno, hasta que se siente que revienta, la vista desaparece, los oídos zumban y los gritos se vuelven silenciosos. La voz se acalla y el túnel se abre.-
Todavía aquí, dicen, no hay porque alarmarse, no pasa mucho, a pocos conmueve, está sucediendo muy lejos, la vida diaria continúa.
Los nietos van a visitar a los abuelos, ellos siguen tomando café en las plazas. Además, ¿cómo dejar la caminata obligada y recomendada a la puesta de sol?.
¿Cómo dejar de visitar a los hijos, a los nietos?, la única alegría de la semana.
-Ellos son los que los infectan.-
Los contagian, no lo saben, con el trabajo que siempre cuesta robarles un abrazo y más: un beso.
La Bota esta muy lejos del río Xi-Quiang. Y México, más.
Pasan los días, sienten que se asfixian, buscan ayuda, respiradores, los primeros los consiguen, pero no todos los hospitales tienen uno por cama.
En Pérgamo, toman una sabia y tajante decisión: Sólo para menores de 80 años, los que quizás todavía puedan ser autónomos en el tiempo sin autorización que se robarán.
Sin embargo hay quienes sí preocupan, el Papa, un hombre tan bueno, tan humano, que ha trasformado la Iglesia, que lucha por ser una más de las ovejas de Jesús, y no un rey todopoderoso, el mejor Papa que hemos tenido, enternece porque tiene gripa. Perdió un pulmón en la juventud y no puede contactar con cercanía a la gente, es muy arriesgado.
Celebra misa en lujosísimas capillas llenas de tesoros artísticos, pero sin otras personas, camina por las calles, sólo la cámara le sigue a más de un metro acompañada de la nave brillante.
¿Es ese barco para mí? Hoy he temido que quizás. La veo flotando al frente de mi entrada, iluminando intensamente.
¿Y todo lo que quería escribir, lo que quería pintar, las colecciones de libros que quiero regalar,
los tarots, los pinceles, los tubos de óleo nuevos, las telas en blanco?
¡Los árboles genealógicos prometidos, que están escritos sólo a la mitad!.
Ya no hay tiempo y ¡hay tanto tiempo que parece desperdiciado! Y sin embargo, nunca he estado quieta.
Estos pendientes, ¿alguien vendrá y los hará por mí? No lo creo, siempre lo supe. Siempre intuí que esta Nave llegaría. Que Nunca lo lograría. Después de todo, ¿era necesario lograrlo?
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